El verano pasado, mientras veíamos pasar la vida desde la ventana de nuestro piso en Vigo, mi pareja y yo tomamos una decisión. Estábamos cansados de la rutina, de que los fines de semana se escaparan entre recados y planes previsibles. Queríamos libertad, pero una libertad a nuestra medida. No soñábamos con un hotel de cinco estrellas, sino con la posibilidad de enganchar nuestro pequeño refugio al coche y despertar con el sonido de las olas en la Costa da Morte o en el silencio de la Ribeira Sacra. Así empezó nuestra búsqueda de autocaravanas para dos personas de segunda mano.
Lo primero fue un baño de realidad: el peso. Antes de mirar un solo anuncio, tuvimos que consultar la ficha técnica de nuestro coche para saber la Masa Máxima Remolcable (MMR). Ese número se convirtió en nuestro mantra y limitó nuestra búsqueda a caravanas de menos de 750 kg para evitar líos de matrículas y seguros adicionales. Queríamos algo ágil y sencillo.
Con el peso claro, nos sumergimos en los portales de segunda mano. El debate principal giraba en torno a la distribución. ¿Salón convertible en cama o una cama fija? Para nosotros, que valoramos la comodidad de no tener que montar y desmontar el dormitorio cada día, la cama fija era innegociable. Eso significaba sacrificar algo de espacio de día, pero para dos personas, un salón más pequeño era más que suficiente. Queríamos un nido, no un salón de baile.
Empezamos a visitar candidatas y aprendimos a ser detectives. El enemigo número uno en una tierra como Galicia es la humedad. Aprendimos a desconfiar de un aroma a ambientador demasiado intenso y a presionar con los dedos las esquinas interiores y los bordes de las ventanas, buscando ese tacto blando que delata la madera podrida. Comprobábamos cada ventana, asegurándonos de que no tuvieran fisuras ni condensación interna. Abríamos cada armario, probábamos la nevera trivalente, los fuegos, la calefacción… y, por supuesto, revisábamos que la ficha técnica verde (la ITV) estuviera en regla y el número de chasis coincidiera.
Después de ver varias opciones decepcionantes, la encontramos en un pueblo cerca de Pontevedra. Una pequeña Knaus de unos quince años, con su cama fija, un saloncito coqueto y sin rastro de humedades. No era la más moderna, pero se sentía sólida y cuidada. La negociación fue rápida y, esa misma tarde, la enganchamos al coche. Volver a Vigo remolcando no solo una caravana, sino la promesa de cientos de escapadas, fue una sensación increíble. Nuestro nido sobre ruedas ya estaba listo para empezar a coleccionar kilómetros y recuerdos.