Hay tardes en las que el cuerpo te pide a gritos cerrar el portátil, dejar las estrategias de posicionamiento aparcadas y escapar de la rutina de la oficina. En esos días, el trayecto desde Vigo hacia el sur por la carretera de la costa se convierte en la mejor de las terapias. Mi prometida y yo tenemos una vía de escape predilecta a menos de media hora de casa: los lugares imprescindibles en Baiona. Es un lugar que, por mucho que lo visites, siempre guarda la capacidad de resetearte la mente con su mezcla de historia, piedra y la brisa constante del Atlántico.
Nuestra ruta siempre comienza buscando el horizonte. Aparcamos cerca del puerto y nos dirigimos directamente al Paseo de Monte Boi. Este sendero que bordea la imponente Fortaleza de Monterreal, la cual hoy alberga el Parador, es un absoluto imprescindible. Caminar a la sombra de esas murallas del siglo XVI, escuchando el rugido de las olas rompiendo contra las rocas a un lado y sintiendo la grandeza defensiva al otro, es un lujo. Desde aquí, las vistas hacia las Islas Cíes son inmejorables, un recordatorio constante de la belleza salvaje que define a nuestras rías y que tanto me gusta explorar y estructurar en mis proyectos de viajes.
Tras rodear la península, el plan natural es adentrarse en el Casco Vello. Pasear por sus calles empedradas y estrechas, declaradas Conjunto Histórico-Artístico, es retroceder en el tiempo. En estas calles todavía se respira el eco de 1493, cuando la carabela Pinta atracó en esta bahía trayendo consigo la noticia del descubrimiento de América. Nos gusta perdernos sin rumbo fijo entre las pequeñas plazas, observando los soportales, las casas de corte marinero y los antiguos pazos, hasta que el instinto nos pide una pausa.
Porque, desde luego, no se puede visitar Baiona sin rendirle tributo a su gastronomía. Solemos buscar sitio en alguna de las tabernas tradicionales que se esconden por la Rúa Ventura Misa o sus callejuelas aledañas. Lejos de menús complicados, la felicidad aquí se sirve en forma de unas zamburiñas a la plancha, unas ostras frescas o un buen pulpo, siempre acompañados de un par de copas de vino de la tierra bien frío. El bullicio de los locales y la calidad del producto son el alma de la villa.
Para rematar la jornada, si la luz todavía acompaña, me gusta subir hasta el monumento de la Virgen de la Roca. Esta enorme figura de granito, de quince metros de altura, vigila la costa con una serenidad sobrecogedora. Subir por la angosta escalera de caracol interior hasta llegar al mirador de la barca que sostiene en su mano derecha y contemplar la inmensidad del océano te hace sentir minúsculo.
Regresar a casa después de una tarde así tiene un efecto profundamente revitalizante. Es la confirmación de que, para despejar la mente de algoritmos, métricas y pantallas, a veces solo hace falta una buena dosis de salitre, la compañía adecuada y caminar sobre siglos de historia gallega.